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Coplas bidankoztarras

En esta ocasión, dos coplas: una relacionada con el baile, primer contenido de este boletín, y otro con las fugas que relato en la última página.

La primera, refería Fermina Artuch Urzainqui [Maisterra] que le cantaba su padre, Pedro Artuch Monzón [MonxonLargotena/Maisterra], a algún cura de Vidángoz:

El señor cura no baila

porque tene la sotana.

Señor cura, baile usted,

que Dios todo lo perdona.

La segunda, la recordaba Santiago Pérez Juanco [Diego] de haber oído que fue una de las muchas que dijo su abuelo, Severo Pérez Arriola  [Diego], en una de aquellas sesiones en las que unos echaban coplas y otros les contestaban, todos improvisando. Dice así:

Si te sigue la justicia,

enséñale los talones,

que más vale salto de matas

que buenas composiciones.

Ya veis que hay coplas para todo (y aún he dejado dos más en el tintero).

Coplas bidankoztarras

Aunque es algo que podríamos decir que ya está en desuso, antaño había cantidad de coplas o de jotas que se recitaban por muy diversos motivos. Algunas de ellas todavía se recuerdan y otras, aunque parecían abocadas al olvido, aparecen en alguna de las entrevistas que realicé hace algunos años y, gracias a ellas, tenemos una visión distinta sobre un tema o persona concretos, generalmente en tono jocoso.

En esta nueva sección trataré de traer esos pequeños versos, esas rimas, que tengan relación con alguno de los temas tratados.

Y para estrenarla, una copla relativa al barrio del Castillo que acabamos de tratar sobre estas líneas y al honor de quien la recita. La recogí de la propia Fermina Artuch Urzainqui [Maisterra] allá por 2009:

El castillo de Vidángoz
es de hierro y durará;
más durará la palabra
que de mi pecho saldrá.

Curiosa copla para estrenar sección.

El castillo de Vidángoz, lugar al que se refiere esta copla.

Barrios de Vidángoz

A cualquiera que haya ido leyendo Bidankozarte se le habrán ido haciendo conocidos los antiguos barrios en que se dividía Vidángoz, un reparto que tenía implicaciones de diversos tipos, como que en diversos ámbitos cada barrio tuviera un representante. Sea como fuere, parece ser que en Vidángoz el uso de los nombres de los barrios empezó a caer en desuso en la segunda mitad del siglo XIX, llegando hasta tiempos recientes la sola noción de dos barrios: Egullorre y el barrio de abajo.

Pues bien, como he ido explicando en esta publicación, ese barrio de abajo antiguamente no era uno sino tres, Iriburua, Iriartea e Iribarnea, cuyos nombres significa, literal y respectivamente, “la parte alta de la villa”, “el medio de la villa” y “la parte baja de la villa”. La etimología de Egullorre no es tan clara, pero señalábamos en su día que podría estar relacionada con el término homónimo que se encuentra a no mucha distancia al norte del actual casco urbano de Vidángoz y cerca del cual se habría ubicado antiguamente el otro Vidángoz que existió y cuya iglesia era la actual ermita de San Sebastián.

Los antiguos barrios de Vidángoz.

Los barrios estaban delimitados por las actuales calles o elementos que se exponen a continuación:
Iriburua, entre el río Biniés, la calle mayor y la calle el molino;
Iriartea, entre el río Biniés, la calle mayor, la calle el molino y la calle tejería;
Iribarnea, entre el río Biniés, la calle mayor y la calle tejería;
Egullorre, desde la calle mayor hacia arriba, hasta la iglesia;

Aparte de estos cuatro barrios oficiales, citaba en el Bidankozarte nº 50 en plan anecdótico que casa Maisterra pertenecía al barrio del Castillo, si bien éste no lo había visto citado nunca como tal… Pues bien, como suele pasar, basta que se mencione algo que parece que siempre ha sido así, para tener que desmentirlo poco después, y es que, investigando documentos notariales de Vidángoz de los siglos XVII y XVIII, encontré primero una mención al “camino que va para el barrio del Castillo” (1800), posteriormente a “un güerto para ortalizas en el Castillo” (1796), y también otra a “una casa sita en el barrio del Castillo” (1777), quedando confirmada, pues, la denominación “oficial” de ese barrio… pero todavía me esperaba una sorpresa aún mayor, y es que, en un censo (préstamo) firmado en 1689, entre los bienes hipotecados se mencionaba “una casa sita en el barrio de Garatea o Castillo”, con lo cual, también tenemos la denominación antigua a dicho barrio, Garatea, que literalmente significa “el portillo”.

Por último, otra mención inédita a un barrio que he encontrado cuando casi ya había cerrado este número. Realmente son dos menciones en el mismo año, 1836, pero en dos documentos notariales completamente independientes. Estas nuevas citas hacen referencia al barrio de Itxuskarrika (Ychuscarrica), nombre que ya había escuchado alguna vez, pero en referencia a una calle, no a un barrio, que sería la actual calle de la fuente, lo que viene a coincidir con lo que indican las escrituras encontradas, pues hacen referencia la una a casa Jimeno y la otra a casa Molena. En cualquier caso, no incluyo este barrio en la imagen por venir a ser una subdivisión del barrio de Iriartea que no tendría mayor significación administrativa.

Bueno, pues ahora que ya sabemos cuáles eran y cómo se distribuían los barrios en Vidángoz, lo mismo tenemos que empezar a hacer comidas de barrios…

El fin de una raza

El título de este artículo resultará algo chocante para quienes somos relativamente jóvenes, pero quienes ya han pasado de cierta edad habrán entendido por dónde van los tiros. Y es que en el habla tradicional de Vidángoz, y supongo que de su entorno en general, cuando hablaban de raza no lo hacían en un sentido étnico (o no exclusivamente), sino que con dicha palabra también se denominaba a una estirpe, a un linaje familiar.

En el tiempo que llevo estudiando la genealogía de las casas de Vidángoz, me ha tocado ver en algunas ocasiones cómo, por diversas razones, una familia se extinguía al morir el último miembro de ese linaje que quedaba vivo. Casos que quedaban más o menos lejanos en el tiempo. El tema volvió a mi mente al tener noticia durante el pasado otoño del fallecimiento de Rosa Artuch Urzainqui, último miembro de la familia Maisterra. Seguro que si hace 100 o 200 años les dicen a los antiguos de esta casa que la estirpe se iba a extinguir y nada menos que en Quito (Ecuador), les habría parecido que quien les decía tal cosa no estaba muy bien de la cabeza.

Bueno, en la propia casa Maisterra estuvo cerca de detenerse la transmisión familiar hace algo más de cien años, cuando Rosa Salboch y Manuel Urzainqui no conseguían tener descendencia, aunque finalmente nació Marta Urzainqui Salboch y se resolvió el asunto, por esa vez. Es de suponer que, de no haber conseguido sucesión, habrían optado por traer a la casa de heredero a algún sobrino/a, hijo/a de alguno de los hermanos de Rosa. En la casa Maisterra actual, si hubiera seguido funcionando el modelo de transmisión tradicional, el problema habría sido algo mayor, porque ni en la última generación ni en la anterior hubo ramas laterales de la familia originaria de la casa que hubieran tenido descendencia.

Que la transmisión familiar se detuviera en algún momento, al menos en Vidángoz, era relativamente frecuente, y es por eso que en nuestro pueblo hay muchas casas en las que en algún momento ha tenido que ir de heredero una persona o una pareja que tendría cierto parentesco con los últimos dueños de la casa (si era familiar cercano, se podría considerar de la misma raza). Las causas para que se diera esta circunstancia eran diversas: que una pareja no consiguiera tener descendencia (seguramente por problemas de alguno de sus dos miembros), que consiguieran tenerlos pero que fallecieran al nacer (por incompatibilidades con el grupo sanguíneo o el Rh), que nacieran, pero no llegaran a la edad adulta por circunstancias de su tiempo (enfermedades, malnutrición…) o incluso que llegaran a dicha edad, pero fallecieran antes de haberse emparejado.

No sabemos exactamente qué es lo que pasaría por la cabeza de aquellos que se supieran los últimos de su estirpe, pero, teniendo en cuenta la mentalidad de la época, donde la casa, la familia, era una institución a perpetuar y ése era el objetivo de los cabezas de familia, probablemente el supuesto de no poder transmitir la casa a la descendencia tendría su punto de desasosiego, de pena, incluso de fracaso, de no haber llegado a dar lo que se esperaba del cabeza de familia. En ese punto, había que plantearse el futuro de la casa fuera del linaje propio: ¿a quiénes llevar de herederos? Aquí entrarían en juego los parentescos más o menos intensos con ramas de la familia que habían salido de la casa en generaciones anteriores y que habían tenido más éxito en lo que a descendencia se refiere y, además del primogénito, tenían más prole a la que colocar, y el ir de herederos era una salida muy buena en cuanto a que ya no es que no hubiera que dar una dote para aportar al matrimonio, sino que se adquiría todo el patrimonio de una casa, aunque el precio a pagar en especie, el hacerse cargo de esos últimos representantes de una familia, ya con una edad y con quienes la convivencia podía no ser fácil, a veces fuera elevado.

El fin de una raza, el cambio de saga familiar en una casa, algo que tal vez no os habíais planteado, pero que, aprovechando la ocasión, me ha parecido interesante traer a colación.

Maldita dinamita

Actualmente tenemos interiorizado el ver casa Maisterra desde la carretera que viene de Igal, pero no siempre fue así. Hasta hace unas décadas, esta casa, algo apartada del casco urbano del pueblo era una localización tranquila, sobre Lapitxorronga y por donde solo pasaban a pie o con caballerías quienes se dirigían hacia Igal por el camino de la tejería.

Como es sabido, la carretera se empezó a construir en 1939 con presos republicanos y los trabajos que se llevaron a cabo afectaron de lleno a casa Maisterra. Según bajamos del Alto de Igal y nada más pasar la quesería Onkizu, podemos ver a mano derecha de la carretera una peña. Esa roca, en su momento, obstaculizaba el paso de la carretera, y hubo que adecuarla para que se pudiera transitar. ¿Cómo? Con dinamita. Y os podéis imaginar que a casa Maisterra le ‘salpicaban’ las voladuras de lleno.

Es por ello que en septiembre de 1940 Pedro Artuch presentó una queja formal por los daños que causaban en su casa la explosión de los barrenos. El Gobierno militar envió a un jefe de ingenieros que manifestó a Pedro que todos los desperfectos se le arreglarían, pero cuando terminaran los trabajos. Así que a los de Maisterra les tocó esperar y confiar…

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