El título de este artículo resultará algo chocante para quienes somos relativamente jóvenes, pero quienes ya han pasado de cierta edad habrán entendido por dónde van los tiros. Y es que en el habla tradicional de Vidángoz, y supongo que de su entorno en general, cuando hablaban de raza no lo hacían en un sentido étnico (o no exclusivamente), sino que con dicha palabra también se denominaba a una estirpe, a un linaje familiar.
En el tiempo que llevo estudiando la genealogía de las casas de Vidángoz, me ha tocado ver en algunas ocasiones cómo, por diversas razones, una familia se extinguía al morir el último miembro de ese linaje que quedaba vivo. Casos que quedaban más o menos lejanos en el tiempo. El tema volvió a mi mente al tener noticia durante el pasado otoño del fallecimiento de Rosa Artuch Urzainqui, último miembro de la familia Maisterra. Seguro que si hace 100 o 200 años les dicen a los antiguos de esta casa que la estirpe se iba a extinguir y nada menos que en Quito (Ecuador), les habría parecido que quien les decía tal cosa no estaba muy bien de la cabeza.
Bueno, en la propia casa Maisterra estuvo cerca de detenerse la transmisión familiar hace algo más de cien años, cuando Rosa Salboch y Manuel Urzainqui no conseguían tener descendencia, aunque finalmente nació Marta Urzainqui Salboch y se resolvió el asunto, por esa vez. Es de suponer que, de no haber conseguido sucesión, habrían optado por traer a la casa de heredero a algún sobrino/a, hijo/a de alguno de los hermanos de Rosa. En la casa Maisterra actual, si hubiera seguido funcionando el modelo de transmisión tradicional, el problema habría sido algo mayor, porque ni en la última generación ni en la anterior hubo ramas laterales de la familia originaria de la casa que hubieran tenido descendencia.
Que la transmisión familiar se detuviera en algún momento, al menos en Vidángoz, era relativamente frecuente, y es por eso que en nuestro pueblo hay muchas casas en las que en algún momento ha tenido que ir de heredero una persona o una pareja que tendría cierto parentesco con los últimos dueños de la casa (si era familiar cercano, se podría considerar de la misma raza). Las causas para que se diera esta circunstancia eran diversas: que una pareja no consiguiera tener descendencia (seguramente por problemas de alguno de sus dos miembros), que consiguieran tenerlos pero que fallecieran al nacer (por incompatibilidades con el grupo sanguíneo o el Rh), que nacieran, pero no llegaran a la edad adulta por circunstancias de su tiempo (enfermedades, malnutrición…) o incluso que llegaran a dicha edad, pero fallecieran antes de haberse emparejado.
No sabemos exactamente qué es lo que pasaría por la cabeza de aquellos que se supieran los últimos de su estirpe, pero, teniendo en cuenta la mentalidad de la época, donde la casa, la familia, era una institución a perpetuar y ése era el objetivo de los cabezas de familia, probablemente el supuesto de no poder transmitir la casa a la descendencia tendría su punto de desasosiego, de pena, incluso de fracaso, de no haber llegado a dar lo que se esperaba del cabeza de familia. En ese punto, había que plantearse el futuro de la casa fuera del linaje propio: ¿a quiénes llevar de herederos? Aquí entrarían en juego los parentescos más o menos intensos con ramas de la familia que habían salido de la casa en generaciones anteriores y que habían tenido más éxito en lo que a descendencia se refiere y, además del primogénito, tenían más prole a la que colocar, y el ir de herederos era una salida muy buena en cuanto a que ya no es que no hubiera que dar una dote para aportar al matrimonio, sino que se adquiría todo el patrimonio de una casa, aunque el precio a pagar en especie, el hacerse cargo de esos últimos representantes de una familia, ya con una edad y con quienes la convivencia podía no ser fácil, a veces fuera elevado.
El fin de una raza, el cambio de saga familiar en una casa, algo que tal vez no os habíais planteado, pero que, aprovechando la ocasión, me ha parecido interesante traer a colación.

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