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Casa Monxon

Toca otra vez el barrio de Iriartea. En este caso, una casa que actualmente ya no existe como tal, como casa independiente con ese nombre, si bien sí que está físicamente. Y es que si el invierno pasado hablábamos de casa Pelairea, que antes había sido casa Artutx, esta vez le toca el turno a su vecina casa Monxon, que hoy es parte de casa Pelairea, pegante a casa Pexenena.

Al hilo de casa Artutx, cuando tocó hablar de ella olvidé mencionar un pequeño detalle. Algunos llamaban a la casa Kartutxo, haciendo un juego de palabras con el apellido que le daba nombre. Y en referencia a ese nombre con el que denominaban a la casa y a sus habitantes, señalaba Evaristo Urzainqui Hualde (Lengorna) que cuando se juntaban Kurtxo (el que da nombre al cerro Kurtxo, que sube desde Zeleia a la Pulpitera) y un Kartutxo (uno de casa Artutx) se decían el uno al otro:

–         “¿A dónde va Kurtxo?”.

–         Y le contestaba Kurtxo “A por codas. ¿Y Kartutxo?”.

–         “Al cañón”.

Sirva esto para traer a colación el uso frecuente que antes se hacía de los apodos. La explicación a este diálogo viene a que Kurtxo (o Kurto o Kurtto o, ¿tal vez incluso Kurllo?), como define “curto” el “Vocabulario Navarro” de José María Iribarren, y como señalaban algunos de los mayores que entrevisté, hace mención al que no tiene rabo / cola. De ahí lo de “¿A dónde va Kurtxo? A por codas (colas)”.

Casa Monxon

Casa Monxon

Y hecho este apunte, vamos a los que nos toca en este número. Casa Monxón como tal, como casa independiente y habitada, fue usada hasta finales del siglo XIX, pero su origen no está muy claro, como veremos más adelante.

Y es que, por lo que dicen los libros de matrícula de la parroquia, la casa no se usa como vivienda de una familia desde 1893, año en que murió su último morador, Fermín Pasqual Monzón Pelayrea. Por lo que me decían los más mayores de Vidángoz, y en mi caso también por lo que había oído en casa, en casa Monxon habrían nacido mi bisabuelo Juan Miguel Artuch Monzón, que posteriormente viviría en casa Largotena, y también su hermano Pedro, que se casó a casa Maisterra. Y rebuscando, resultó que sí y que no, que había algo de razón, pero no toda: Juan Miguel no nació en casa Monxon sino en casa Anarna, y Pedro sí que nació en esta casa.

Y es que cuando sus padres, Manuel Narciso Artuch Urzainqui (Anarna) y Francisca Balbina Monzón Barrena (Monxon), se casaron en 1883 vivieron inicialmente en casa Anarna. Luego, por algún motivo que desconocemos, pasaron a casa Monxon en 1886, donde todavía residía el padre de Balbina, el antes mencionado Fermín Pasqual Monzón Pelayrea. Y en 1891 pasaron el matrimonio y los 3 hijos del mismo a casa Largotena, a donde fueron “de herederos”, esto es, a hacerse cargo del anciano que vivía en ella, Santiago Gárate Yrigaray, que acababa de enviudar de María Antonia Sanz Calvo, a cambio de quedarse con la casa cuando éste falleciera, que fue en 1903.

Después de que salió de casa Monxon esta familia, se quedó en ella solo “el abuelo”, Fermín Pasqual Monzón Pelayrea, que falleció tan solo un par de años después, en 1893, y así se acabó casa Monxon como tal. Después se habría usado como pajar o como lo que fuera, pero ya no como vivienda.

Ya hemos visto cómo terminó casa Monxon pero, ¿cómo y cuándo apareció? Pues esta vez la respuesta no está tan clara. Desde 1861/1862, año en que se empezaron a realizar las matrículas parroquiales, una especie de “censo de almas” que habitaban una parroquia, en este caso la de Vidángoz, en casa Monxon ya vivía Fermín Pasqual Monzón Pelayrea, viudo y con 2 hijas, una de cada uno de sus matrimonios. La mayor de las hijas se casó con uno de casa Artutx, actual casa Pelairea, y tal vez por eso, a la postre, casa Monxon pasó a ser propiedad de casa Artutx. La pequeña de las hijas es Balbina, la que, junto con su pareja vivió durante un poco de tiempo en esta casa, pero finalmente pasó a casa Largotena.

Y antes de estas fechas, pues hay una laguna de casi 45 años, hasta 1816, en la que no hay forma de saber qué pasó, cómo o quién llegó a casa Monxon.

Y como no podemos saberlo seguro, pues toca hacer hipótesis, y la que se me ocurre es la siguiente: Fermín Pasqual Monzón Pelayrea se casó con Juaquina Juanco Sanz (Juanko) y como no tenían casa donde vivir, se hicieron una en un casalico o en un trozo de huerta que sería de Juanko.

En cuanto al nombre, no hay que romperse mucho la cabeza: Al tal Fermín Pasqual le llamarían “Monxon” porque era su apellido pero lo pronunciaba con esa “x” característica de la pronunciación bidangoztarra, como en Mux o Paxapan o Xapatero.

Casica pequeña, pero la historia que ha dado para contar, algo más grande.

Riqueza agraria de Vidángoz en 1613

Por estas fechas pero hace 4 siglos, el 16 de septiembre de 1613, llegaba a Vidángoz un escribano real (un notario de la época) enviado por el Reyno con objeto de conocer y tomar nota de las tierras y ganados que poseía cada vecino y el valor de las mismas. Todo ello a efectos de posteriores impuestos, que era lo único que interesaba (para variar) a los mandatarios del momento. Otro emisario había pasado el año anterior, en 1612, dando cuenta del valor de las casas que tenía cada vecino del pueblo. Y en esta ocasión, tocaba sacar cuentas de la riqueza agraria (tierras y ganados) de Vidángoz, con lo que podemos hacernos una idea de cómo y de qué vivían los bidangoztarras 400 años atrás.

Rebaño de ovejas en Vidángoz (Arguedas)

Rebaño de ovejas en Vidángoz (Arguedas)

Y es que, hace cuatro siglos Vidángoz ya contaba con 72 casas y, casa arriba casa abajo, el número ha permanecido prácticamente inalterado hasta hace un par de décadas. Por ello, los que han conocido Vidángoz con casi todas sus casas llenas podrán comparar si desde 1613 el modo de vida había cambiado mucho.

Si bien hay unas diferencias abismales entre la casa más pudiente y la menos, intentaré dar unos datos generales sobre aquello. Quien más quien menos, hace 4 siglos todas las casas de Vidángoz tenían sus tierras para trabajar, siendo la superficie media de 21 robadas, algo menos de dos hectáreas. Casi 3 de cada 4 casas tenían un animal de tiro o de carga (un rocín, que es un caballo de trabajo, o un macho (mulo) o un jumento (que es como denominan en aquel documento a los burros)) y una vaca. Casi en el 50 % de ellas había un buey y también la mitad de las casas tenía ganado lanar, esto es, ovejas, con una media de 84 ovejas y 43 corderos por rebaño. Además, casi en todas las casas había algún marranchón, puerco o lechón, esto es, un cerdo. En cuanto a las cabras, solo las había en una de cada 6 casas y solo había una casa que tenía un rebaño grande de este tipo, de 72 cabras.

En total en Vidángoz había 1.540 robadas de tierra, 30 rocines, 17 yeguas, 7 potrillos, 15 machos, 3 mulas, 14 jumentos, 47 bueyes, 83 vacas, 41 becerras y 12 novillos, 3.115 ovejas, 1.509 corderos, 110 cabras, 13 cabritos, 100 cerdos y 25 lechones.

270 años después, en el catastro de 1883, las cifras no eran muy diferentes: 13 machos (caballos en este caso), 21 mulos,  34 jumentos, 55 bueyes, 127 vacas, 70 cerreros, 61 terneros, 2.854 ovejas, 1.476 corderos, 15 cabras, 2 cabritos y 51 cerdos.

Parece que con el tiempo hubo menos caballos pero más burros, más vacas pero menos cabras, casi las mismas ovejas y la mitad de cerdos. Los datos de 1883 pueden ser engañosos, porque el pueblo todavía no se habría recuperado de la 2ª Guerra Carlista, que terminó en 1876, pero nos podemos hacer una idea de lo poco que cambió el modo de vida en esos casi 3 siglos. Uno de los pocos cambios, aunque debió de ser notorio, fue el aumento de la actividad del sector de la madera, con el auge de las almadías a partir del siglo XVIII.

Arando con un buey

Arando con un buey

Para acabar con el documento de 1613, un par de apuntes: Como ya se ha señalado, había grandes diferencias entre los distintos propietarios. Así, el mayor rebaño era de 450 ovejas y 300 corderos. “Casualmente” el dueño del mismo era el alcalde y va entrecomillado porque no era casual, ya que, como se indica en el documento, la corporación respondía con sus bienes de lo que pudiera pasar con las propiedades comunes, luego cualquiera no reunía esa condición.

Por otro lado, se pone de relieve que la situación de las mujeres solas (bien viudas, bien solteras) era muy precaria en aquella sociedad. Así, de 13 mujeres que figuran como viudas, doncellas (mozas solteras) o de quienes no se indica que sean esposas de alguien (luego es bastante probable que fueran solteras), sólo una posee una riqueza por encima de la media y otra anda en el entorno de la misma. De las otras 11, una algo por debajo de dicha riqueza media y las otras diez no disponían ni de ¼ parte de la riqueza media, por lo que eran prácticamente las 10 vecinas más pobres del pueblo.

Por último, una mención a algunos de los apellidos que aparecen en el documento de 1613. Algunos se mantienen en Vidángoz 400 años después (Pérez, Salboch, Sanz, Urzainqui, Mainz, o Hugalde/Hualde), otros no aunque han dejado huella como nombre de casa (Yñiguez/Iniguizena, Luengo/Lengorna, Aroça/Arotx, Racax, Algarra o Mazterra/Maisterra), otros desaparecieron entre 1613 y el presente, pero tuvieron su relevancia entre medio (Alcate/Alcat, Portaz, Unaia o Bertol) y otros simplemente, que existieron en Vidángoz y desaparecieron sin dejar rastro (Adamiz, Ripalda, Ayssa, Gárate, Garcech, Mendi, Guillén, Çamarguilea, Esparça/Esparz, Torrea o Arregui).

Parece, pues, que hasta unas décadas el panorama no cambió mucho. ¡Si es que 3 siglos y medio no son nada!

Casa Anarna

Llegamos en esta segunda vuelta al barrio de Iribarnea, y en concreto a una casa que ya no lo es, que desapareció como consecuencia del incendio que se declaró en casa Landa el día 3 de diciembre de 1973. Y es que lo que en su día fue conocido como casa Anarna es actualmente un solar.

Ventanas de casa Anarna, reutilizadas en una casa de Roncal

Ventanas de casa Anarna, reutilizadas en una casa de Roncal

En las últimas décadas su devenir ha estado ligado al de la actual casa Azkue (antigua casa Fuertes), ya que fueron adquiridas hace unos 40 años por la parroquia San Sebastián mártir del barrio El Antiguo de Donostia/San Sebastián. Más recientemente, hace unos diez años, y también como si de un lote se tratara, la antigua casa Fuertes y el solar de casa Anarna fueron adquiridas por Iñaki Azkue Larrañaga (Orio).

A partir de los años 40 del siglo XX casa Anarna dejó de ser utilizada como vivienda. En esa década, José María Sanz Jimeno (Danielna / José María) la adquirió para emplearla como almacén del género que vendía en la tienda que regentaba en Vidángoz (José María). Posteriormente, al realizarse las obras, de la carretera que atraviesa el pueblo y tener acceso directo a su casa, dejó de necesitarla y pasó a manos de Cándido Artuch Jimeno (Largotena / Ornat), que la empleaba como establo de ganado vacuno.

Hasta aquí, las idas y venidas de casa Anarna desde que salió de ella la familia que era natural de la misma, y cuyos últimos moradores fueron los hermanos Salvoch Artuch, hijos de Tomás Salvoch Hualde (Maisterra) y Petra (Manuela Modesta) Artuch Urzainqui (Anarna), siendo natural de la casa la madre.

Dibujo borroso tallado sobre la puerta de Casa Anarna

Dibujo borroso tallado sobre la puerta de Casa Anarna

Y de aquí hacia atrás, otro de esos embrollos familiares que hace difícil seguir la pista de la familia originaria de la casa. Y es que Manuela Modesta (que así consta su nombre oficial en la partida de bautismo, si bien ya indica que comúnmente se le llama Petra) era hija de Lorenzo Ramón Artuch Pérez (probablemente de casa Bomba) y María Urzainqui (natural de Urzainqui). Así que ninguno de los dos era de la casa. Y es que éste era el 2º matrimonio de Lorenzo Artuch, ya que enviudó en 1855 de su primera esposa, María Antonia Mainz Urzainqui (Anarna), que era la originaria de la casa.

Aparte de esto, y en lo relativo a su nombre, etimológicamente parece claro que Anarna quiere decir “casa de Ana”. Así que, partiendo de María Antonia Mainz Urzainqui hacia atrás, generación a generación, encontramos que la madre de su tatarabuelo por línea paterna era

Ana María Glaría, la madre de ésta Ana María Sanz y la suegra de ésta última Ana Sanz.  Si bien no podemos precisar a cuál de ellas se refiere el nombre, parece claro que es ése el origen del nombre, y podríamos situarlo, en función de la persona a la que se deba, entre 1685 y 1715.

Por lo demás, y a falta de fotos de la fachada (en alguna foto se ve de refilón), entre las líneas de este artículo por un lado alguna de las ventanas de casa Anarna, que fueron reutilizadas en una casa de Roncal, y, por otro lado, el dibujo, bastante deteriorado, que figuraba en la piedra que coronaba el marco de la puerta de entrada y que, según los hermanos Urzainqui Salvoch (Lengorna), también se reutilizó en una casa en Torralba del Río.

La marapena

La marapena es una de esas historias que nadie sabe de dónde ni cómo han surgido, pero que, al menos en un tiempo, todo el mundo conocía y, con la complicidad de unos y la inocencia de otros, se convertía en un “entretenimiento” ideal.

“Entretenimiento” porque su objetivo no era otro que el de mantener entretenidos a los críos de una casa en días en los que su presencia en casa a la hora de realizar una labor extraordinaria (por ejemplo un día de matatxerri) podía suponer más una molestia que una ayuda. Es por ello que se enviaba a los pequeños de la casa a buscar la marapena a otra casa que, casualmente, siempre estaba en la otra punta del pueblo.

¿Estará dentro de esta caja la marapena?

¿Estará dentro de esta caja la marapena?

Y así, un crío podía salir de casa Ornat a buscar la marapena a casa Gaiarre (en la otra punta del pueblo, para quien no lo conozca), donde, al escuchar la petición, se le diría que la semana anterior se la habían llevado a casa Maisterra (que está en la punta opuesta del pueblo, concretamente sobre la peña Lapitxorronga). Al llegar a dicha casa, la Fermina les diría que de casa Maisterra se la habían llevado a casa Diego (al lado de casa Gaiarre) y allí, probablemente le preguntarían al crío si había estado en casa Maisterra y al contestar que sí, pues dirían que seguramente la tendrían los de Larrambe (también en El Castillo, al lado de casa Maisterra).

Y con estas idas y venidas se iba pasando el día (y con lo que siendo críos se podían entretener yendo de una casa a otra) y, mientras los mayores se afanaban con la labor, los críos andaban de aquí para allá en busca de la dichosa marapena, sin saber ni siquiera qué estaban buscando ni para qué servía. ¡Bendita inocencia!

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