En el limbo

Tiene, o tenía, el cementerio de Vidángoz un espacio particular que se venía a denominar limbo. En dicho lugar recibían sepultura aquellos niños que nacían muertos o que fallecían poco después de nacer, sin dar tiempo a ser bautizados.

Afortunadamente, ese espacio cada vez tuvo un uso más reducido, porque fue menguando la cantidad de niños que nacían muertos o fallecían sin dar tiempo a recibir ese primer sacramento cristiano, pero, al parecer, ese espacio, o el que estaba inmediatamente al lado, pero al otro lado del muro que lo separaba del resto del cementerio (ver imagen bajo estas líneas), se empleó también para enterrar a aquellas personas de quienes se ignoraba si estaban bautizadas o, directamente, se les tenía por enemigos de la fe cristiana.

El limbo, en el extremo oriental del cementerio de Vidángoz, en la foto aérea de 1929 [Fuente: IDENA].

En dicho espacio es donde recibieron tierra los al menos tres prisioneros de los batallones de trabajadores que murieron en Vidángoz entre 1939 y 1941 (José Martí Ramón, Manuel González y Benjamín Llacera Monclús) y, al menos, seis maquis que fallecieron en el enfrentamiento que tuvieron con el ejército en Egullorre el 25 de octubre de 1944.

Justo antes de la pandemia, el Gobierno de Navarra, por medio de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, hizo un intento de exhumar dichos restos en el contexto de la Ley de Memoria Histórica, pero dificultades técnicas (están bajo los escombros de la anterior casa para autopsias y la suela de hormigón y caseta actual), hicieron inviable dicha actuación. Desafortunadamente para ellos y sus familias, sus huesos seguirán descansando en nuestro cementerio.

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