Vuelve para este número especial una sección poco habitual en los últimos tiempos, con excepción del nº 48, la relativa al vocabulario, con un tema estrechamente vinculado con nuestro pasado hasta tiempos bien recientes: los útiles, las herramientas empleadas en las labores agrícolas.
Hasta hace unos años, podríamos decir que hasta las décadas de 1960 o 1970, todas las casas de nuestro pueblo comían en gran parte de lo que cultivaban en sus propias tierras. La mecanización todavía no se había generalizado en el campo y, además, teniendo en cuenta el relieve del término municipal de Vidángoz, resulta fácil entender por qué muchas de las herramientas que se mencionarán se utilizaron hasta que se dejaron de cultivar las tierras y, también, por qué podemos encontrar todavía muchos de estos útiles en prácticamente cualquier casa de la villa.
Si pensamos en el ciclo agrícola (nos centraremos en el cereal), la primera labor que hay que realizar es el labrado de la tierra y, para ello, la herramienta fundamental es el arado. Este apero consta de varias partes (anilla, clavija, dental, espada, falca, manillera, reja, sortija, timón o torno) que no describiremos en profundidad pero que se pueden ver con claridad en la imagen que acompaña este artículo. Pero está claro que el arado no andaba solo, necesitaba de dos bueyes que tiraran de él, y éstos tenían que ir unidos por el jubo o jugo (yugo), cada uno con el cuello en una de sus cocoteras, y unas juñideras, y para que el jubo no lastimara la cabeza de los animales. Después de la primera pasada por la pieza a arar, se cruzaba el campo, esto es, se hacía una segunda pasada con el arado.
Una vez preparada la tierra, tocaba la siembra, y, para ello, tenemos el robo, una especie de cajón cuadrado de madera cuya cabida daba la medida del grano necesario para sembrar una robada de terreno (898 m2). Hecho esto, solo quedaba dejar crecer el cereal, escardando durante dicho proceso para evitar que las malas hierbas interfirieran en el crecimiento de la planta, y para ello, se usaba un axurko, un ajau (azada) pequeño.
Llegada la época de la recolección, había que proceder a la siega, generalmente con una hoz y protegiendo la mano con una zoketa, una especie de pequeña manopla de madera, aunque si el trigo se segaba tarde, demasiado crecido, se utilizaba la dalla (la guadaña). Era conveniente que ambas herramientas estuvieran siempre bien afiladas, y por eso se llevaba la piedra de afilar encima, en una suerte de estuche denominado cuezo. Lo recogido con tres falcadas (golpes de hoz) se denomina manada, y dos manadas hacen una gavilla y cinco o seis gavillas, un fajo. Estos fajos se ataban con vencejo o ligarza.
El siguiente paso era la separación de la paja del grano, y para ello se transportaba a lomos de algún animal el cereal hasta las eras, terrenos circulares, llanos y expuestos al viento donde se realizaba la trilla y el aventado. Allí, se extendía el cereal segado, denominado ahora parva, por el suelo de toda la era y se pasaba el trillo. Una vez trillado, quedaba amontonar el cereal y esperar a que hubiera viento para aventarlo, donde entraban en juego otras herramientas como el xarde u horca y la pala de aventar. Al volteado de la paja se le denominaba contornar. Una vez hecho esto, se recogía el grano y se pasaba por el porgador, ceazo o clave (cribas o cedazos) para separar el grano del resto de material y se guardaba el grano en sacos para su transporte y almacenamiento.
Por último, el grano se almacenaba en el granero de cada casa, sí, pero, en una época no tan lejana, también la villa tenía su propio granero y la iglesia tenía otro, denominado granero de la primicia y, más antiguamente, hórreo de la primicia, edificio que desapareció por un episodio rocambolesco que probablemente os cuente en otro Bidankozarte.
Pues hasta aquí el vocabulario relacionado con herramientas agrícolas.

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