Si hay una historia conocida sobre el monte Austemendia, ésa es, sin lugar a dudas, la relacionada con la incursión de los maquis de octubre de 1944.
Ese capítulo de nuestra historia lo investigué en 2019, con motivo del 75º aniversario de los hechos, y lo analicé en el Bidankozarte 33 y en la charla de aquel año. Aquel mes resultó de lo más movido con las idas y venidas de los guerrilleros: los enfrentamientos de primeros de mes en la Sierra de Ferniando, las diversas visitas al pueblo de los maquis para aprovisionarse, repartir propaganda y demás, el sangriento enfrentamiento del día 25 que dejó al menos once muertos, cuyos entierros se realizaron en primera instancia en nuestro cementerio o la retirada de aquella partida de maquis que cogió a Juan Xapatero como guía a punta de fusil.
Uno de los capítulos más recordados hacía referencia a una de aquellas visitas de los maquis al pueblo que se produjo a mediados de mes. Según referían quienes vivieron aquellos días, tras los encontronazos con los maquis de principios de mes, habían enviado soldados a Vidángoz para vigilar posibles entradas de guerrilleros. Un día bajaba una partida de ocho maquis por Landeta y cuando estaban ya cerca del pueblo, señalan que a la par de la huerta de Diego de Landeta, un tiro certero le acertó a un guerrillero que cayó muerto en el Pozo de Diego.
Pues bien, se dice que el tirador disparó desde El Txaparro… aunque, teniendo en cuenta que hay algo más de 400 metros de distancia entre el árbol y el Pozo de Diego, y que el alcance y la precisión de las armas en aquel entonces no sería tampoco para echar cohetes, cabría poner en duda esta versión.
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Un francotirador en El Txaparro
El tiroteo de Egullorre
Al amanecer del día 25 de octubre, las tropas del ejército que había en Vidángoz se dirigieron hacia el lugar donde varios informantes habían señalado que estaban refugiados los maquis. Los mandos del ejército diseñaron su propia estrategia haciendo oídos sordos de las recomendaciones de la gente del pueblo, conocedora del terreno… y erraron de pleno.
Los militares subían por el barranco de Egullorre con la intención de llegar a la Cañada y, de ahí, coger desprevenidos a los maquis en las bordas en las que habían pasado la noche… y cayeron en la trampa y fueron poco menos que acorralados. Los maquis debían de ser superiores en número aunque inferiores en armamento. Según dicen, los maquis apuntaban a los mandos preferentemente, tratando de evitar a los soldados rasos. En el combate se debió de llegar incluso al cuerpo a cuerpo.
El balance final es estremecedor: seis maquis y cinco militares (un teniente, dos cabos y dos soldados) muertos. Paradójicamente, unos y otros fueron a parar al mismo sitio, al fondo del cementerio de Vidángoz, aunque con los maquis las versiones difieren de si fueron enterrados en el limbo o a este lado del muro que separaba el cementerio civil del católico.
Pero el trato no fue el mismo con unos muertos y con los otros. A los militares se les enterró en cajas de madera, se les ofició funeral y a algunos de ellos se les trasladó tiempo más tarde a sus localidades de origen.
Los al menos seis maquis que fallecieron aquel día (que tal vez sean más si en esos seis no se contaban el del Pozo de Diego y otro que encontraron muerto en la borda de Rakax cercana al Alto de Igal) fueron enterrados envueltos en sábanas y ni siquiera se registró su muerte ni en el registro civil ni en los libros parroquiales, y ahí siguen enterrados, sin que sepamos siquiera quiénes ni de dónde eran…
Visitas de los maquis a Vidángoz
En las tres semanas que transcurrieron desde el inicio de la incursión de los maquis hasta su retirada definitiva, algunos de sus elementos visitaron el pueblo en diferentes ocasiones.
La primera de ellas, como he comentado en la página anterior, tras el enfrentamiento de la Sierra de Ferniando-Azaltegia, en la que algunos maquis pasaron por las calles de la villa repartiendo octavillas e invitando a la sublevación, tal y como lo atestiguaba uno de los mandos apodado Chispita, quien afirmaba, por otra parte, que no habían encontrado apoyo en el pueblo pese a tratar a los bidankoztarras de ‘hijos del pueblo’ y de ‘hermanos nuestros’.
Tras esta primera visita, Chispita indica que se dispersaron, si bien testimonios recogidos en Vidángoz invitan a pensar que, al menos parte de los maquis, se refugiaron durante algunos días en el El Trozo, en un lugar de difícil acceso cercano a donde nace el río Biniés, cerca del paraje denominado ‘lo de Mariana’.
En las casi tres semanas que van desde este primer episodio del 5 de octubre hasta el 25 de octubre, los maquis debieron de bajar en varias ocasiones, en pequeño número y, generalmente, al anochecer, en busca de provisiones.
El ejército, por su parte, tras haberse visto superado en los primeros enfrentamientos con los guerrilleros, envió un reducido destacamento de soldados a Vidángoz, para controlar la posible llegada de más contingentes de maquis.
En un momento sin determinar de estas tres semanas entre las dos principales incursiones guerrilleras, un grupo de siete u ocho maquis bajaban hacia el pueblo, sin que se sepa exactamente el motivo de su visita. Los mejores tiradores del ejército, por su parte, se encontraban apostados a modo de francotiradores en lugares estratégicos del pueblo con respecto a la dirección en la que se esperaba que vinieran los guerrilleros: las ventanas de casa Gaiarre y casa Landarna, El Txaparro…
El caso es que, cuando los maquis ya divisaban Vidángoz, varios disparos les sorprendieron, y uno que provenía del Txaparro alcanzó a un guerrillero a la par de la huerta de Diego de Landeta, matándolo, y cayendo éste al denominado Pozo de Diego junto a la citada huerta.
Del malogrado maqui se dice que portaba una carta que no está muy claro si la iba a enviar a su madre y en ella indicaba que se habían dado cuenta que iban engañados en dicha operación y que se iban a entregar o si la había recibido de ella, y era su madre la que le rogaba que se entregase y, al hacerlo, se reduciría el castigo que les aplicarían.
En su huída, los maquis supervivientes, que pensaban que habían sido tiroteados por gente del propio pueblo, advertían enfurecidos a los bidankoztarras con los que se iban cruzando por el camino que volverían a Vidángoz para arrasarlo como venganza por la muerte de su camarada.

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