Efemérides

Llega este número condicionado por las efemérides, que justifican la mitad de los artículos del boletín y que hacen que, por ello, en esta ocasión, la historia ocupe algo más de espacio de lo que suele hacerlo habitualmente.

Por un lado, el quinto centenario de la Batalla de Noáin, significativa por las consecuencias que tuvo para los legitimistas navarros en el contexto de la conquista castellana de Navarra.

Por otro, el centenario del denominado Desastre de Annual, una estrepitosa derrota de las tropas españolas que se produjo en el contexto de la Guerra del Rif (o Guerra de Marruecos), que nos servirá de excusa para hablar de aquel conflicto en general.

En ambas contiendas participaron bidankoztarras de sendas épocas, probablemente con diferentes motivaciones pero seguro que con el mismo valor. Seguid leyendo para conocer otras apurricas de nuestra historia.

Vidángoz y el Premio Euskadi de Literatura

Ya hace tiempo que pienso que entre los Premios Euskadi de Literatura que entrega el Departamento de Cultura del Gobierno Vasco, cuyos finalistas se suelen dar a conocer a finales de primavera, y este pequeño pueblo del Valle de Roncal que es nuestro Vidángoz hay algún tipo de conexión, pero ¿queréis saber dónde está el quid de la cuestión?

De entre quienes han ganado el premio, los que mencionaré a continuación han escrito en algún momento sobre Vidángoz y, poco antes o algo después, han ganado el Premio Euskadi de Literatura. ¿Casualidad? ¿Causalidad? ¿Cosa de “brujos”?

Esta relación con Vidángoz la podemos encontrar en torno a dos temas: el primero, el euskaltzale bidankoztar Mariano Mendigacha (1832-1918). Su sombra, como veréis, es alargada. Entonces, ¿quiénes han escrito sobre Mendigacha y ganado el Premio Euskadi de Literatura?

Íñigo Aranbarri

El primero de ellos fue Íñigo Aranbarri. Ganador del Premio Euskadi 1988 en la sección de Poesía con “Dordokak eta elurrak”, en 1999 escribió el libro “Gure mendea” (Argia, 2000), y en un capítulo del mismo (“Labraria eta apeza”) escribió sobre la relación entre Mendigacha y Azkue.

Aingeru Epaltza

Una década más tarde, en 1997, Aingeru Epaltza fue el ganador en el apartado “Literatura en Euskera” con el libro “Tigre ehizan”. Epaltza, en una columna que escribió en 2015 en Diario de Noticias, dio a conocer a toda Navarra el denominado “Síndrome de Mendigatxa”.

En la sección de “Ensayo en Euskera” de 2011 el premiado fue Joseba Sarrionandia con “Moroak gara behelaino artean?”. Él también había empleado a Mendigacha en una de las historias (“Muga eta haize hegoa”) del libro “Munduko zazpi herrialdetako ipuinak” (Pamiela, 2008).

Mikel Peruarena

En 2015 la novela “Su zelaiak” hizo ganador de “Literatura en Euskera” a Mikel Peruarena (aunque no aceptó el premio). Lo que poca gente sabe es que en 2011 andaba intentando escribir una novela sobre Mendigacha, se atascó, la aparcó… y con la siguiente que escribió, ¡ganó el premio!

Asisko Urmeneta

Y en el año 2019, premiaron en el apartado “Ilustración de Trabajo Literario” a Asisko Urmeneta por “Aztihitza: Xahoren biografikoa”. Asisko tiene una vieja relación con Mendigacha, y lo ha dibujado en diversas publicaciones. La última, el álbum “Eusklabo alaiak” (Autoedición, 2018).

Pero hay otro tema que une el Premio Euskadi de Literatura y Vidángoz: los esclavos del franquismo que estuvieron en nuestro pueblo en la posguerra construyendo la carretera Igal-Vidángoz-Roncal. Y sobre esto han escrito, por lo menos, tres escritores.

Joseba Sarrionandia

El primero, ya mencionado y, por lo tanto, con doble vinculación con Vidángoz: Joseba Sarrionandia. Éste escribió en 2007 en la revista Nabarra un relato titulado “Igal-Vidángoz-Roncal” sobre los prisioneros del franquismo que hubo en el pueblo.

Patxi Zubizarreta

Unos años después, en 2012, el ganador de varias ediciones del Premio Euskadi de Literatura (1998, 2006, 2010 y 2019) Patxi Zubizarreta escribió la novela “Tres cartas desde Pamplona” (Pamiela, 2014* [versión en castellano]), una historia ambientada en los “Batallones de trabajadores” que construyeron la mencionada carretera.

Ander Izagirre

Y para cerrar la lista, el ganador del apartado “Ensayo en castellano” en 2017 fue Ander Izagirre con su libro “Potosí”. Pues en 2016 Izagirre publicó “El siglo de Luis Ortiz Alfau” (Gobierno Vasco, 2016), la biografía de este “trabajador forzoso” que estuvo en Vidángoz.

Como veis, hay una conexión entre el Premio Euskadi de Literatura y Vidángoz. Así que, escritores/as del mundo, ya sabéis: ¡Escribir sobre Vidángoz tiene premio!

Casa Molena

Volvemos con la sección de oiconimia a analizar otra casa del antiguo barrio de Iriartea: casa Molena. En la actualidad es un edificio de titularidad municipal, que alberga, entre otros, el consultorio médico de Vidángoz. Pero no siempre ha sido así. ¿Queréis saber cuándo la compró el Ayuntamiento, los usos que ha tenido desde entonces y lo que sabemos de quienes vivieron en esa casa con anterioridad? Pues seguid leyendo este artículo.

Empecemos por la historia reciente, aquella que pueden recordar los de mayor edad. Casa Molena, nombre que al contrario de lo que suele ocurrir en Vidángoz, consta como tal en la escritura, fue comprada por el Ayuntamiento el 28 de junio, víspera del patrón San Pedro, del año 1927. La compra se realizó por medio de apoderados: el Municipio estuvo representado por el entonces secretario Babil Ayestarán, y la familia vendedora, por su parte, había delegado funciones en el bidankoztar Francisco Hualde [Arlla], aquel malogrado comerciante que unos pocos años después terminaría su existencia al despeñarse su taxi cerca del puente de la foz, entre Burgui y Salvatierra. La transacción se acordó en 4.500 pesetas, y el destino que proyectaba dar el Ayuntamiento al edificio era “habitaciones de empleados municipales o de la Sra. maestra”.

Casa Molena

Así, los primeros en ocupar la casa tras la compra fueron la maestra Doña Basilisa y su familia, los Garralda García, que la ocuparon entre 1927 y 1935. Tras dejarla esta familia, y por lo que se deduce de los libros de matrícula parroquiales, permaneció vacía durante algunos años hasta que en 1946-1947 volvió a ocuparla otro maestro parte de cuya progenie todavía sigue ligada a nuestro pueblo: Don Tirso y su familia, los Díaz de Zerio Galdeano. Ese curso convivieron la familia de Don Tirso y la maestra Antonia Igal Alfaro, quién siguió en el pueblo los dos cursos siguientes. Y a esta le siguieron en los cursos posteriores los maestros José María Arraiza Pérez, José García Remón y Javier García.

Después de estas dos décadas y media de ocupación por parte de maestros, la casa fue habitada por Enrique Hualde [Txestas / Juanko] y Carmen Mainz [Aristu / Juanko] desde que se casaron en 1953 hasta que pasaron a su morada definitiva, casa Juanko, en torno a 1965. Después de esa fecha, casa Molena ya no fue empleada como vivienda.

Pero ¿quién era la familia originaria de casa Molena? Pues la pareja formada por Josefa Arguedas Gayarre [Molena] y Miguel Salvoch [Pexenena/Juanko/Molena].  La pareja se había casado en 1902 y en torno a 1915 parece ser que Miguel Salvoch emigró a Argentina, donde permaneció unos años, y parece que le fue bien, puesto que a su vuelta, en torno a 1924, la familia marchó a vivir a Pamplona, concretamente a la calle Arrieta nº 2.

En la generación anterior, los cabezas de familia eran Petra Gayarre Mainz [Molena] y Javier Arguedas Mainz [Arguedas/Molena], antes que éstos lo fueron los padres de Petra, Ángela Estefanía Mainz Sanz [Molena] y Manuel Gayarre Necoch, natural de Urzainqui, y otra generación más atrás, los padres de Ángela, Martina Ygnacia Sanz Mainz [Molena] y Pedro Antonio Mainz Garat [Paskel/Molena], quienes habían heredado la casa al fallecer el matrimonio que había sido designado en inicio a tal fin: Juana Juachina Sanz Mainz [Molena] (hermana mayor de Martina Ygnacia) y Juachín Mariano Sanz Glaría [Navarro/Molena]. Se da la circunstancia de que las herederas de las dos últimas generaciones que hemos citado, Ángela Estefanía y Martina Ygnacia, y una hermana soltera de esta última que también vivía en casa, fallecieron en apenas 10 días en la epidemia de cólera de 1855, con lo que suponemos que el impacto del brote en casa Molena fue tremendo, ya que el viudo de Ángela, Manuel Gayarre, quedó con cuatro hijos de corta edad (entre 3 y 12 años) que sacar adelante, y fue uno de los que, tras el cólera, volvió a casarse, haciéndolo además con otra viuda, Felicia Azanza Jacue, natural de Garaioa que había perdido a su marido (Juan Ygnacio Monzón Jaúregui [Txestas]) meses antes de la epidemia.

Seguir para atrás en la genealogía de casa Molena nos supondría un salto de tres o cuatro generaciones en el que, al no estar claro quién era el/la propietaria de la casa en 1726 (que es el siguiente punto de control que tenemos desde 1810), puede que fallemos, por lo que lo dejaré para cuando analice dicho tema de forma más global.

Por lo que respecta al significado del nombre de la casa, mi teoría es que tiene relación con la palabra “molina” en su acepción de “aserradero cuyas máquinas se mueven con energía producida por la fuerza del agua”, como el que había en la parte baja del propio molino de Vidángoz. De hecho, creo en algún documento antiguo del Valle de Roncal que ahora no acierto a encontrar leí en su día referencias a “molenas de aserrar”, con lo que, tal vez esta casa tendría alguna relación con dicha instalación.

Bueno, pues ya hemos sabido un poco más de casa Molena, una de las casas que, quizás, menos conocemos.

Ezpelarena

Se tratan en el artículo de la parte derecha de esta página varios topónimos que hoy en día no se conocen y que, en muchos casos, ni sabemos ubicar físicamente.

Hay uno de ellos que hace tiempo que atrae poderosamente mi atención por diversas razones, y no es otro que Ezpelarena.

Ezpelarena, término en el que abundan los bojes.

Lo primero es por su propio significado: Ezpela (boj) + rena (lo/el del), esto es, lo del boj o, si lo preferimos, el bojeral o la bojaquera. Como si solo hubiera un monte lleno de bojes en Vidángoz. ¿A cuál se refiere? ¡Adivina!

Bien, pero este monte o parte en un monte tenía algo de especial, y es que era uno de esos montes como Marikalda en los que el Ayuntamiento repartía quiñonicos para que todos los vecinos pudiera aprovecharlos, y el caso es que en Ezpelarena se hacía eso hasta hace poco más de cien años por lo menos.

Por suerte, hace poco he encontrado un documento notarial de 1752 que nos ayudará a localizar dónde estaba este término. Se trata de un censo otorgado por Domingo Urzainqui (de Vidángoz) en favor de la capellanía de Don Pedro de Lecumberri (de Burgui) y entre los bienes que se mencionan como fianza, hay “un campo en Osse (Orse) que afronta con el bedado de Ezpelarena y con cañada”. Bueno, con esto ya nos podemos hacer una idea de dónde se encontraba este término, Ezpelarena, y pensar que es parte de lo que hoy denominamos Seseta, seguramente en su parte más cercana a Mintxarena, Sasari e Igariarena.

Topónimos perdidos

Ya hace algún tiempo que vengo consultando diversa documentación antigua con el objeto de poder ir hilvanando la historia de las diversas familias de Vidángoz, labor en la que son especialmente útiles los protocolos notariales. En ellos se pueden consultar escrituras desde hace cien años hacia atrás, para las que, en este estudio que realizo, resultan especialmente útiles los contratos matrimoniales, los testamentos, las donaciones y otros documentos que explican cómo las casas y otros bienes han ido pasando de unas manos a otras, de generacion en generación.

Por desgracia, en el caso de los nombres de las casas no suele haber suerte, pues parece ser que en nuestro valle o no le tenían tanto apego al nombre de la casa o bien nuestros notarios, al contrario que los de otros valles de la montaña, símplemente no veían necesario reflejar el nombre de la misma y preferían reflejar el del propietario. Aún así, es curioso que en Vidángoz, por ejemplo, haya casas que sigan manteniendo un nombre cuyo origen se remonta más de tres siglos atrás, pues su pervivencia se ha debido a la transmisión oral.

Pero, en el otro lado de la balanza, tenemos la toponimia, con la que no cabía otra forma de identificación: una huerta, un campo, un linar o una heredad había de ser identificada por el nombre del término en el que se encontraba, su superficie, y los linderos que tenía. Y aquí, a veces, nos encontramos con algunas sorpresas agradables, con topónimos que no conocíamos, algunos de los cuales no aparecen en los tratados oficiales sobre la toponimia del Valle de Roncal (Toponimia y Cartografía de Navarra: Valle de Roncal (1994)), aunque sí en Erronkari eta Ansoko toponimiaz (2008) en la mayoría de los casos.

Así pues, recuperamos del olvido algunos topónimos, pero en ocasiones no podremos ubicarlos en el mapa, pues cuando se reflejaron por escrito todo el mundo sabía a qué se referían, dónde estaban… y ahora nadie (o, quién sabe, igual en esto también alguien me da la sorpresa de conocerlo y poderlo ubicar).

Aquí van algunos ejemplos de los que he encontrado en los últimos meses:

En 1752, en un censo (préstamo) contraído por Pedro Garcés y Magdalena Salboch, uno de los bienes que se pone como fianza es un linar situado en el término de Pikaltea. En otro documento del mismo año se menciona como Pilaltea y se indica que esa finca linda con el río Biniés.

En ese mismo año, en una donación de bienes de Domingo Portaz y Pasquala Erlanz a Joseph Urzainqui y Elena Bertol (que fueron de herederos a casa de los primeros), se menciona una huerta en Kartxerea, término que también mencionaba Mendigacha en sus cartas y que parece corresponderse con lo que hoy en día llamamos Landeta.

En 1758, en un censo de la villa, vecinos y Concejo de Vidángoz, se cita entre diversos bienes sitos en nuestro territorio municipal una heredad en el término de Donestebe (al lado de la Hermita llamada la Virgen de la Concepción).

En 1769 se remataron varios bienes (por impago de un censo) de Juan Bertol y Mónica García, su mujer, entre los cuales se mencionan términos como La Frontera o Urkabiraneta (¿Urkabezarreta?).

Y para terminar, tres años después, en 1772, Pedro Agustín Hualde y Francisca Garde [casa Don Mikelna, actual casa Diego] donan varios bienes a un hijo clérigo, y uno de ellos se sitúa en el Alto de Argaraia, que, por la descripción que hace del mismo está en Azaltegia pero más arriba.

En apenas dos décadas investigadas someramente me han salido todos estos topónimos que hoy en día están desaparecidos, y los que quedarán… Tal vez algún día podamos incluso llegar a ubicarlos en base a las lindes de algunas de las fincas que se describen. Sería una buena manera de conocer mejor nuestro entorno y nuestro pasado a la vez.

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