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Aportaciones al estudio del uskara

Si por algo conocemos a Prudencio Hualde es por su aportación al conocimiento del uskara roncalés. Pero, ¿cómo llegó aquel párroco bidankoztar a realizar todas las aportaciones que conocemos?

A principios de 1862, el lingüista Louis-Lucien Bonaparte andaba profundizando en sus investigaciones sobre el euskera y estaba especialmente interesado en el dialecto que se hablaba en el valle de Roncal. Es por ello que le preguntaba a uno de sus colaboradores en nuestra tierra, a Echenique, a ver qué pueblo del valle sería el que mejor conservaba la variedad dialectal.

Al parecer, Echenique o, tal vez, el párroco de Jaurrieta, Don Pedro José Samper, quien se encargó de la traducción al salacenco, fue quien terminó señalando Vidángoz como mejor opción para el referido, y ahí habrían elegido, como en tantos sitios, al párroco, en este caso Prudencio Hualde, por ser hijo del pueblo en el que ejercía, tener un nivel de cultura superior al del resto de sus vecinos y porque los textos a traducir solían ser religiosos. Es por ello que muchos de los colaboradores de Bonaparte fueron sacerdotes, aunque no todos, y en el propio Vidángoz tenemos ejemplo, ya que además de Hualde, Mendigacha también colaboró.

Sea como fuere, Prudencio Hualde recibió varios encargos para la traducción de diversos textos.

El más conocido es el Jesu-Cristo gore Jeinaren Evanjelio Saintiua segun San Mateok (Santo Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según San Mateo), por ser el texto más extenso que existe en uskara roncalés. Dada la entidad del documento, permite el análisis de muchas estructuras gramaticales, alocuciones, léxico, etc… y además, al tratarse de un texto estándar del que se realizaron multitud de traducciones, esto permitió hacer comparaciones entre las hablas de los diferentes lugares de nuestra geografía. La traducción del evangelio realizada por Prudencio Hualde a mediados de la década de 1860 ocupa 45 folios por ambas caras y se conserva en el Archivo General de Navarra.

Además de dicho evangelio, Hualde realizó a finales de la década de 1860 otra traducción de cierta entidad, que igualmente se realizó en otro montón de lugares y también permitió la realización de comparaciones encaminadas al análisis lingüístico. Se trata en esta ocasión de Catecismo o Doctrina cristiana sobre la versión realizada por el padre Gaspar Astete.

En este otro documento se pueden encontrar, entre otras muchas cosas, las traducciones al uskara de Vidángoz del Credo, el Padre Nuestro, el Ave María o la Salve.

Tiene de particular la traducción de este segundo documento que Hualde va haciendo pequeñas anotaciones al pie en las que va dando cuenta de cómo se pronuncian diversas palabras en otras villas del valle, porque esos vocablos se dicen de diferente manera que en Vidángoz, se entiende. De esta forma, permite a Bonaparte tener una idea de las diferencias entre las hablas que había en el valle, labor que pudo realizar más en profundidad gracias a otras dos traducciones completas de ese mismo catecismo realizadas en Roncal (1 y 2) y, en menor medida, a otras dos traducciones de una parte pequeña del mismo realizadas en Garde y Urzainqui.

El documento original con esta traducción también se encuentra en el Archivo General de Navarra y ocupa 25 páginas por las dos caras, pero de la mitad de tamaño que aquellas en las que está escrita la traducción del evangelio.

Hay otra traducción más, de finales de la década de 1850, que no sabemos si la realizó precisamente Prudencio Hualde o quién la hizo, pero bien podría atribuírsele al párroco bidankoztar, habida cuenta de las traducciones que realizaría posteriormente.

El texto del que hablamos es el himno bíblico Canticum Trium Puerorum (Cántico de los tres jóvenes), cuya traducción a once dialectos vascos fue una de las primeras publicaciones relativas al estudio del euskera que realizó Louis-Lucien Bonaparte.

Como veis, Prudencio Hualde, al igual que Mariano Mendigacha, es un nombre propio en la historia del euskera, y como tal hemos de recordarlo.

Labor parroquial

Tras ordenarse presbítero en 1850, Prudencio tuvo como primer destino en su sacerdocio la parroquia de Zolina, donde ejerció como encargado de la misma, y poco después pasó a Uztárroz, pueblo del que era natural su madre, donde tuvo el cargo de sacristán beneficiado.

Poco antes de cumplir 30 años, en 1853, llegó por fin a su Vidángoz natal como párroco titular, y parecería que ahí habría de permanecer para el resto de su vida.

Fue el encargado de empezar a documentar los difuntos párvulos, que hasta su llegada no se registraban, y lo hizo, dentro de sus posibilidades, con efecto retroactivo hasta 1820.

Apenas dos años después, Don Prudencio tuvo que hacer frente al que seguramente sería el momento más duro de su carrera, algo que no se podía esperar y menos aún en su propio pueblo: la epidemia de cólera que azotó Vidángoz en septiembre de 1855.

Cuatro días después de estallar el brote, un Prudencio desesperado escribía al obispado pidiendo ayuda para llevar su labor a cabo, pues casi todo el pueblo estaba invadido, ya habían fallecido 20 personas y él tenía su salud resentida por la fatiga de todo lo que le estaba tocando atender. 16 días después de la primera misiva, volvía a escribir Hualde agradeciendo al obispo que se hubiera enviado ayuda desde Urzainqui y declaraba que ya llevaban tres días sin casos de cólera y parecía que ya había pasado la epidemia, que había dejado más de 60 fallecidos en una población de apenas 400 habitantes.

Así, las aguas volvieron a su cauce y Don Prudencio siguió con su labor habitual, y en esto seguiría el párroco hasta terminar el año 1870.

Por alguna razón que todavía no sabemos concretar, Hualde dejó o tuvo que dejar el cargo de párroco de Vidángoz y estuvo ausente casi dos años, hasta el otoño de 1872, cuando regresó a su pueblo en plena II Guerra Carlista (1872-1876), y en dicha parroquia se mantuvo hasta apenas dos meses después de terminar la contienda, cuando volvió a salir de la vicaría.

Este segundo periodo de ausencia se alargaría por espacio de casi tres años, en los que Hualde ejercería en las parroquias de Tiebas, Salinas de Ibargoiti, Irurozqui e Imirizaldu.

Terminó regresando a Vidángoz en marzo de 1879, y solo nueve meses más tarde fallecería prácticamente con las botas puestas, ejerciendo hasta apenas cinco días antes de su muerte.

Pensaba yo que la salida de Don Prudencio en una fecha tan señalada estaría relacionada con el desenlace del conflicto, pero parece que, al menos en 1876, había cierto malestar en el vecindario por pensarse que cobraba por algún concepto que no le correspondía, y el propio obispo tuvo que intervenir para aclarar que Hualde estaba haciendo lo correcto.

En sus 22 años al frente de la parroquia de Vidángoz, Don Prudencio bautizó 305 niñ@s, unió en matrimonio a 76 parejas y despidió de este mundo a 285 bidankoztarras, un balance que le hace ser el párroco más productivo que ha habido en Vidángoz en los últimos 320 años.

Por último, señalar que Prudencio Hualde fue el último párroco natural del pueblo que tuvo Vidángoz, el que puso fin a una serie de doce vicarios bidankoztarras que hubo en el siglo y medio precedente a su muerte, hecho que indudablemente influiría en el declive del uso del uskara en nuestro pueblo.

La capellanía de José Hualde

Prudencio Hualde no fue el primer bidankoztar en ser sacerdote ni mucho menos, ni para ello era necesario pertenecer a un estrato social superior, pero si somos francos, Don Prudencio no pertenecía a una familia cualquiera, y el hecho de ser miembro de la misma y religioso le ponía en el camino de poder adquirir un cargo que tenía unas condiciones de acceso restrictivas.

Prudencio pertenecía al linaje de los Hualdes, uno de cuyos antepasados, Don José Hualde, que trataremos en otra ocasión, fue también religioso que llegó muy lejos en su carrera, tanto como a senador y regente de Milán.

Con su patrimonio, y de cara a facilitar la vida de dos de sus sucesores en la familia, instituyó un mayorazgo y una capellanía, teniendo lo primero un carácter civil y la segunda, eclesiástico.

Es por ello que la capellanía solo podía recaer en religiosos, y que habían de ser preferiblemente de la familia Hualde. Y Prudencio Hualde lo era, si bien ya pertenecía a la quinta generación después de Don José Hualde.

¿Y en qué consistía la capellanía? Pues en una serie de bienes (3.000 ducados o reales de a ocho, en este caso) que el capellán había de gestionar mediante préstamos y demás para financiar la celebración de misas en honor al fundador por una parte y, por otra, para completar el sueldo que pudiera tener.

La capellanía de José Hualde debió de extinguirse a la muerte de Prudencio, pues la última anotación en sus libros de cuentas es de 1880, si bien no tenemos constancia de su liquidación.

Prudencio Hualde (1823-1879)

Pedro Prudencio Hualde Mayo nació en Vidángoz el 26 de abril de 1823 pero, al contrario de lo que se suele creer, no lo hizo en casa Rakax, sino en casa Malkorna. A casa Rakax realmente se casó un hermano suyo, José Ramón, pero, al ser el único familiar que permaneció en el pueblo y habiendo quedado la casa nativa primero desocupada, posteriormente alquilada, vendida, quemada y finalmente reconstruida como matadero, cuando se colocó la placa se estimó que era preferible ponerla en la casa que da la bienvenida a Vidángoz.

El séptimo de los diez hijos que tuvo el matrimonio formado por Pedro Fermín Hualde Urzainqui [Malkorna] y Mª Josefa Mayo Martín (Uztárroz) fue bautizado el día 28 de abril, y a ese acto debe su nombre: Pedro por el nombre de su padrino, Pedro Esteban Villoch (y también nombre de su padre), y Prudencio, por el santo de ese día.

Algunos de sus hermanos mayores habían fallecido ya para cuando él nació, pero ocupando el séptimo puesto en la línea sucesoria, estaba claro que a Prudencio le iba a tocar salir de la casa nativa, bien para casarse a otra casa, bien para ser religioso, bien para emigrar. Eligió (bueno, seguramente ‘le eligieron’) el segundo de los destinos.

Hualde inició su formación para sacerdote en Salvatierra de Esca, donde estudió cuatro cursos de gramática latina y humanidades. De ahí pasó al Instituto de Pamplona, donde continuó estudios de matemáticas y 1º de filosofía. Completó los dos años de filosofía y prosiguió con los de teología y moral en el Seminario de San Miguel.

Ordenado como subdiácono en 1849 y como diácono y presbítero en 1850, pasaría desde aquel momento casi tres décadas dedicado al sacerdocio. De los 29 años en los que ejerció de párroco, más de 22 lo hizo en su Vidángoz natal.

Ocupando ese puesto, entre otras muchas cosas, fue protagonista involuntario de la epidemia de cólera de 1855 y, en los años que siguieron a ésta, colaboró junto con Mariano Mendigacha con el lingüista Louis-Lucien Bonaparte en sus estudios sobre el euskera, faceta por la que es reconocido en su ámbito.

En la década de 1870 salió en un par de periodos de dos y tres años de la parroquia de Vidángoz, no sabemos si por motivos políticos (son fechas en torno a la II Guerra Carlista) o de otra índole, pero terminó volviendo en 1879, año en que encontraría la muerte, aparentemente inesperada, a causa de una ‘gastroenteritis hepática crónica’.

Otro bicentenario

A finales de este mes de abril se cumplirán doscientos años del nacimiento de un ilustre bidankoztar: Don Prudencio Hualde.

Un personaje sobre el que solo he hecho unas pocas menciones en los boletines de Bidankozarte que se han publicado hasta la fecha y sobre el que ya venía siendo hora de que se hablara con cierta profundidad, era una especie de deuda con su persona que había que saldar más pronto que tarde.

Como cualquiera que venga a Vidángoz podrá comprobar (porque justo debajo del cartel con el nombre del pueblo en casa Rakax está la placa en homenaje a Prudencio), se trata de un activo importante en lo que respecta al uskara roncalés, pero al contrario de lo que ocurre con Mariano Mendigacha, del que hemos hablado infinidad de veces en este espacio, de Prudencio Hualde conocemos bastante menos.

Así que vamos a echar un poco de luz sobre este tema.

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