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Bodas y nacimientos en Mauleón

La mayoría de las jóvenes vivía estas idas y venidas como algo temporal, no pensaban en quedarse a vivir en Mauleón, pero hubo quienes terminaron casándose allí. En los primeros tiempos, como hemos comentado, no había una relación demasiado fluida con los autóctonos, y las roncalesas que se casaron allí lo hicieron en su mayoría con mozos aragoneses, pero conforme fue pasando el tiempo se fueron formando también parejas mixtas con originarios de ambos lados de la muga, si bien apenas he encontrado casos de este tipo entre las de Vidángoz.

Consentimiento paterno obtenido por Crescencia Garín [Garín/Montes] para poder casarse en Mauleón en 1911.

De entre las muchas mozas que marcharon de Vidángoz, aquí van algunas de las que se casaron en Mauleón, aunque, casualmente, el primero de Vidángoz en casarse allí fue un ‘golondrino’: Felipe Nicolao Sanz [Mux] en 1880 con Florencia Clemente Solano (de Huértalo, Huesca); María Cruz Hualde Salvoch [Arlla] en 1892 con José Aznárez Orus (de Fago, Huesca);  Crescencia Garín Pascualena [Aizagar / Garín-Montes] en 1911 (no consta el nombre del marido en el registro donde lo consulté); Andresa Sanz Salvoch [Escuela / Mailusa] en 1912 con Félix Larraz (de Aragüés del Puerto, Huesca); Restituta Sanz Salvoch [Escuela / Mailusa] en 1918 con Antonio Larraz (de Aragüés del Puerto, Huesca); Sebastiana Conrada Pasquel Salvoch [Paskel] en 1918 con Eustaquio Elío Ansó (de Huértalo, Huesca); Constancia Navarro Mainz [Makurra] en 1922 con Juan Aznárez Hualde (de Mauleón, pero hijo de la bidankoztar María Cruz Hualde Salvoch [Arlla], mencionada más arriba); Inocencia Zazu Fuertes [Xereno] en 1925 con Pedro Landa Arriola [Mux]; Ecequiela Sanz Salvoch [Kurllo] en 1930 con Felipe Gómez Castro (de Santa María del Berrocal, Ávila); Secundina Sanz Fuertes [La Santa] en 1931 con José Jimeno (de ¿Birrau?, Zaragoza); Remigia Sanz Salvoch [Kurllo] en 1931 (no consta el nombre del marido en el registro donde lo consulté).

Por otra parte, también hubo quienes tuvieron algún hijo allí, y como veremos, las circunstancias eran bien distintas. Por un lado, tenemos a Miguel Salvoch [Pexenena / Juanko / Molena], que nació en Mauleón en 1875 siendo su madre, Saturnina Salvoch Zazu [Pexenena / Juanko] todavía moza soltera. Por otro lado, tenemos a Julio Salvoch Artuch [Anarna], nacido en Mauleón en 1912 e hijo de Petra Artuch Urzainqui [Anarna] y Tomás Salvoch Hualde [Maisterra / Anarna]. Es este segundo caso más atípico porque relacionamos a las alpargateras con mozas jóvenes y solteras, pero en este caso Petra no solo estaba casada, sino que ya había tenido otros ocho hijos antes, con lo que el hecho de que marchara a Francia (tal vez junto con toda la familia) solo puede entenderse en un contexto de necesidad en la familia Anarna.

Además de los nacimientos (que habrá más, probablemente), faltaría por consultar los fallecimientos de bidankoztarras en Mauleón, que seguro que los hubo, pero esto, de momento, tendrá que esperar.

Como veis, Vidángoz dejó más huella en Mauleón de lo que parecía…

La vida en la ‘jota villa’

Las mozas que iban a Mauleón se pegaban todo el invierno trabajando, de sol a sol podríamos decir e incluso más. En aquella época todavía no había derechos de las trabajadoras, ni vacaciones, ni nada que se le pareciera. Además, las roncalesas y las aragonesas percibían un sueldo menor al de sus congéneres zuberotarras y, además de esta discriminación por el origen, hay que añadir la brecha salarial entre hombres y mujeres, cobrando los primeros también un sueldo mayor. Así, nuestras mozas roncalesas cobraban las que menos y, además, solían realizar en las fábricas los trabajos más duros.

La ‘haute ville’ de Mauleón era la zona donde se residían las alpargateras.

Los lugares donde se alojaban tampoco eran ninguna maravilla. La haute ville (la parte alta de la villa) de Mauleón era el casco antiguo de la ciudad, con casas muy viejas, era el destino de estas emigrantes estacionales. La población autóctona se había desplazado a la parte baja de la villa, más cerca del río, donde también se fueron estableciendo las fábricas. Como ya hemos mencionado, principalmente marchaban a la alpargata las mozas de familias necesitadas, y de la estancia en la capital de Zuberoa había que sacar el máximo beneficio, y esto pasaba por ganar todo lo posible (trabajar mucho) y gastar lo mínimo. Y así, podemos entender que sus alojamientos serían como lo que hoy en día denominaríamos ‘pisos patera’.

Por otra parte, hay que tener en cuenta que en las décadas de esplendor de las fábricas de alpargatas el número de emigrantes llegadas desde el sur de la muga suponía un porcentaje nada desdeñable del total de la población de la villa. Gente diferente, muchas hablaban un idioma distinto (las que no hablaban en euskera; por cierto que a este respecto se señalan Uztárroz y Vidángoz como los pueblos cuyos habitantes seguían hablando en euskera en Mauleón), tenían otras costumbres, competían con las autóctonas por el uso de servicios como el lavadero, la fuente… La convivencia, en resumen, no debió de ser fácil aunque, con el tiempo, como suele ocurrir, la situación se fue asimilando.

Con todo, la juventud se dejaba notar y también había tiempo para la alegría, para juntarse a cantar (a este respecto, Juana Pasquel Salvoch [Paskel] denominaba al barrio en el que vivían la ‘Jota villa’, por la similitud fonética con Haute ville, pero también porque era frecuente oír jotas por sus calles) y a jugar con las de su lugar de origen, e incluso para relacionarse con mozos que, aunque en menor número, también marchaban a las fábricas de alpargatas.

‘In itinere’

Tal y como se relata a la derecha de estas líneas, el que llevaba de Vidángoz a Mauleón distaba de ser un camino de rosas. Principalmente por lo escarpado del terreno, pero también porque en aquella época no había forma de prever el tiempo que iba a hacer al día siguiente o incluso en unas horas.

‘Golondrinas’ en marcha, en la recreación realizada en Isaba en 2019 [Imagen: Diario de Noticias].

Es por eso que, de la misma manera que en el relato del viaje de regreso de 1929, las mozas roncalesas en numerosas ocasiones habrían sufrido en sus carnes las inclemencias del tiempo, y, en alguna de ellas, habría tenido consecuencias fatales para alguna de las jóvenes.

Así, en la casa nativa de mi madre, en casa Ornat, tengo referencia de un episodio trágico relacionado con estos viajes de alpargateras: una hermana de mi bisabuela Martina, llamada Leoncia Ornat Jimeno [Ornat], falleció con 23 años como consecuencia de una pulmonía que contrajo debido a un fuerte temporal que le debió de tocar sufrir a la vuelta de Mauleón, donde había estado trabajando el invierno de 1930-1931. Otra de sus hermanas, Anastasia, debía de recordar cómo Leoncia llegó ya al pueblo en muy mal estado, aunque aún vivió hasta medidados de julio.

El trayecto entre Vidángoz y Mauleón era toda una aventura y, por ello, no será raro que todavía encontremos noticias de más casos de accidentes in itinere como el relatado, o como algún otro que recuerdo vagamente pero que no sé asociar a una persona concreta.

El duro camino hasta Mauleón

Como podréis imaginar, en la época de la alpargata no había medios de locomoción que llegaran a Vidángoz (la carretera de Burgui se terminó hacia 1920) y mucho menos que atravesaran la muga en nuestras latitudes (aunque el tren no estuvo lejos de hacerlo en la década de 1880). Y así, las mozas tenían que hacer el trayecto hasta Mauleón a pie por los caminos que conectaban los pueblos en aquel tiempo.

Se suele decir que todas las roncalesas se iban juntando y, a partir de Isaba, hacían juntas el camino… pero en el caso de las bidankoztarras no era así. No hay más que mirar un mapa en relieve para ver que, si las de Vidángoz iban hasta Belagua para llegar a Mauleón, estarían dando un rodeo considerable.

El camino de Vidángoz-Larrau-Licq (y de ahí a Mauleón), directamente o pasando por Uztárroz, era el utilizado habitualmente por las alpargateras bidankoztarras

Así, nuestras golondrinas tomaban el camino ‘natural’ a Francia, atravesando la muga por ‘el puerto’ (como si solo hubiera uno), denominación que en este caso hace referencia al Puerto de Krutxeta (en término de Uztárroz). ese por el que transitaban personas y mercancías, de manera legal o ilegal según la época y las circunstancias. Las mozas de Uztárroz parece que también utilizaban este paso y, probablemente, se juntaran con las de  Vidángoz.

Hasta allí, hasta la frontera, les acompañaba alguien de la familia con alguna caballería, para ayudar con el transporte del equipaje al menos en una parte del camino. Y al otro lado de la muga, por lo que se ve, también contactaban con gente de Larrau para que les ayudaran en esa otra parte del trayecto. Y ya en los últimos tiempos de alpargateras roncalesas, el último tramo del viaje, Larrau-Mauleón, se realizaba en camión o camioneta, pero hay que pensar que hasta bien entrado el siglo XX todo el camino se realizaría a pie.

Y también hay que tener en cuenta que el viaje de ida se realizaba en otoño y el de retorno, en primavera, pero estas dos estaciones en nuestro entorno pirenaico todavía son bastante traicioneras.

El libro ‘Memoire d’hirondelles», de Véronique Inchauspé, es el libro más completo que hay hasta la fecha sobre las alpargateras de Mauleón

Así se observa en el relato de dos mujeres naturales de Salvatierra sobre el camino de regreso desde Mauleón con otras mozas de Vidángoz y Uztárroz en el año 1929, que está recogido en el libro ‘Memoire d’hirondelles’ de Véronique Inchauspé (Broché, 2001). Allí cuentan que, tras llegar a Larrau en furgoneta, seguían a pie ayudadas por algunos mozos con mulas y, al ir subiendo hacia el puerto, se puso el cielo muy gris. El camino era estrecho, la hierba resbalaba y no había dónde agarrarse en un primer tramo. Se puso a llover y a soplar un fuerte viento y se calaron hasta los huesos. Más adelante había un tramo donde, al menos, se podían agarrar a los ginebros (enebros). Como podemos imaginar, además de ellas, se empaparon también sus mercancías.

Tras cruzar la muga, primero pasaron por Uztárroz, donde se quedaron las de aquel pueblo, posteriormente por Vidángoz, donde se quedaron Asunción y Rafaela (las hermanas Salvoch Jimeno, de casa Jimeno).

Añadía una de las de Salvatierra que, de lo que se mojó, estuvo afónica hasta Navidad (más de medio año) y que, de ahí en adelante, cambiaron la ruta de Larrau por la de Belagua y Santa Engracia, por ser mejor camino.

Como veis, no solo tenía que ser duro el pasar el invierno trabajando y lejos de sus pueblos y familias, sino que el propio camino muy frecuentemente se convertía también en una odisea.

La edad de oro de la alpargata

Quien más quien menos ha oído historias sobre alguna mujer de Vidángoz que fue ‘a la alpargata’, bien por ser de su casa, bien por haberlo oído contar a sus mayores. Así, más o menos se tiene noción de cuándo terminó este modo de vida, en torno a la Guerra Civil, pero ¿cuándo había empezado?

Haciendo un poco de historia, en Mauleón y sus alrededores se realizaban alpargatas artesanalmente desde antiguo, pero no era ni el único centro de producción ni el principal. Sin embargo, desde 1860, en Mauleón se procedió a la industrialización del sector con la construcción de talleres y fábricas que podían producir una mayor cantidad de alpargatas. Pero si se aumentó la producción, la oferta, era porque había una demanda que cubrir, y es que en esa misma época la emigración vasca, particularmente a Argentina se disparó, y en su destino no encontraban su calzado habitual, y alguien de Mauleón, con buen criterio, vio allí una oportunidad de negocio. También se señala como causa del incremento de esta demanda la explotación minera del norte de Francia, cuyos trabajadores gastaban este calzado en gran cantidad.

Así, la industria de la ‘espartina’ (llamada así por tener la suela de esparto) crecía de tal manera que no encontraba mano de obra suficiente ni en Mauleón ni en los pueblos de su comarca, y esto atrajo a trabajadoras del sur de la muga, de los valles de Roncal, Salazar, Ansó, Hecho…

También tuvo mucha influencia en este asunto la III Guerra Carlista (1872-1876), tercera guerra civil que sufrió nuestra tierra en apenas 50 años, tras la cual muchas familias quedaron en situación de necesidad y vieron en la industria de la alpargata una oportunidad de salir adelante, de manera que las mozas de Vidángoz comenzaron a realizar ese viaje de ida en otoño y vuelta en primavera hacia las fábricas de Mauleón.

Carta de 1904 de Mariano Mendigacha a Resurrección Mª Azkue donde menciona someramente el modo de vida de las alpargateras.

Y es que no marchaban a la alpargata las jóvenes de cualquier familia, y aún se mantiene en la mente de algunos lo que ya comentaba Mariano Mendigacha en una carta a Azkue en marzo de 1904: ‘Desde hace veinte o más años, todas las chicas de la gente necesitada van a Francia a trabajar en la alpargata todo el invierno, y de allí vienen y van, porque cada día tienen un jornal de una peseta y costes, y en tiempo de siega, durante un mes o más, el coste y a cada tres pesetas [diarias]. Por esto está perdido el servicio de las mujeres [en las casas del valle]’.

Y así estuvieron durante seis décadas, hasta que otra guerra civil y la posterior II Guerra Mundial (que afectaba a Mauleón) terminaron con este tránsito pirenaico. Seis décadas que, como veréis, dieron para mucho.

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