Archive for the ‘Toponimia’ Category

Ezpelarena

Se tratan en el artículo de la parte derecha de esta página varios topónimos que hoy en día no se conocen y que, en muchos casos, ni sabemos ubicar físicamente.

Hay uno de ellos que hace tiempo que atrae poderosamente mi atención por diversas razones, y no es otro que Ezpelarena.

Ezpelarena, término en el que abundan los bojes.

Lo primero es por su propio significado: Ezpela (boj) + rena (lo/el del), esto es, lo del boj o, si lo preferimos, el bojeral o la bojaquera. Como si solo hubiera un monte lleno de bojes en Vidángoz. ¿A cuál se refiere? ¡Adivina!

Bien, pero este monte o parte en un monte tenía algo de especial, y es que era uno de esos montes como Marikalda en los que el Ayuntamiento repartía quiñonicos para que todos los vecinos pudiera aprovecharlos, y el caso es que en Ezpelarena se hacía eso hasta hace poco más de cien años por lo menos.

Por suerte, hace poco he encontrado un documento notarial de 1752 que nos ayudará a localizar dónde estaba este término. Se trata de un censo otorgado por Domingo Urzainqui (de Vidángoz) en favor de la capellanía de Don Pedro de Lecumberri (de Burgui) y entre los bienes que se mencionan como fianza, hay “un campo en Osse (Orse) que afronta con el bedado de Ezpelarena y con cañada”. Bueno, con esto ya nos podemos hacer una idea de dónde se encontraba este término, Ezpelarena, y pensar que es parte de lo que hoy denominamos Seseta, seguramente en su parte más cercana a Mintxarena, Sasari e Igariarena.

Topónimos perdidos

Ya hace algún tiempo que vengo consultando diversa documentación antigua con el objeto de poder ir hilvanando la historia de las diversas familias de Vidángoz, labor en la que son especialmente útiles los protocolos notariales. En ellos se pueden consultar escrituras desde hace cien años hacia atrás, para las que, en este estudio que realizo, resultan especialmente útiles los contratos matrimoniales, los testamentos, las donaciones y otros documentos que explican cómo las casas y otros bienes han ido pasando de unas manos a otras, de generacion en generación.

Por desgracia, en el caso de los nombres de las casas no suele haber suerte, pues parece ser que en nuestro valle o no le tenían tanto apego al nombre de la casa o bien nuestros notarios, al contrario que los de otros valles de la montaña, símplemente no veían necesario reflejar el nombre de la misma y preferían reflejar el del propietario. Aún así, es curioso que en Vidángoz, por ejemplo, haya casas que sigan manteniendo un nombre cuyo origen se remonta más de tres siglos atrás, pues su pervivencia se ha debido a la transmisión oral.

Pero, en el otro lado de la balanza, tenemos la toponimia, con la que no cabía otra forma de identificación: una huerta, un campo, un linar o una heredad había de ser identificada por el nombre del término en el que se encontraba, su superficie, y los linderos que tenía. Y aquí, a veces, nos encontramos con algunas sorpresas agradables, con topónimos que no conocíamos, algunos de los cuales no aparecen en los tratados oficiales sobre la toponimia del Valle de Roncal (Toponimia y Cartografía de Navarra: Valle de Roncal (1994)), aunque sí en Erronkari eta Ansoko toponimiaz (2008) en la mayoría de los casos.

Así pues, recuperamos del olvido algunos topónimos, pero en ocasiones no podremos ubicarlos en el mapa, pues cuando se reflejaron por escrito todo el mundo sabía a qué se referían, dónde estaban… y ahora nadie (o, quién sabe, igual en esto también alguien me da la sorpresa de conocerlo y poderlo ubicar).

Aquí van algunos ejemplos de los que he encontrado en los últimos meses:

En 1752, en un censo (préstamo) contraído por Pedro Garcés y Magdalena Salboch, uno de los bienes que se pone como fianza es un linar situado en el término de Pikaltea. En otro documento del mismo año se menciona como Pilaltea y se indica que esa finca linda con el río Biniés.

En ese mismo año, en una donación de bienes de Domingo Portaz y Pasquala Erlanz a Joseph Urzainqui y Elena Bertol (que fueron de herederos a casa de los primeros), se menciona una huerta en Kartxerea, término que también mencionaba Mendigacha en sus cartas y que parece corresponderse con lo que hoy en día llamamos Landeta.

En 1758, en un censo de la villa, vecinos y Concejo de Vidángoz, se cita entre diversos bienes sitos en nuestro territorio municipal una heredad en el término de Donestebe (al lado de la Hermita llamada la Virgen de la Concepción).

En 1769 se remataron varios bienes (por impago de un censo) de Juan Bertol y Mónica García, su mujer, entre los cuales se mencionan términos como La Frontera o Urkabiraneta (¿Urkabezarreta?).

Y para terminar, tres años después, en 1772, Pedro Agustín Hualde y Francisca Garde [casa Don Mikelna, actual casa Diego] donan varios bienes a un hijo clérigo, y uno de ellos se sitúa en el Alto de Argaraia, que, por la descripción que hace del mismo está en Azaltegia pero más arriba.

En apenas dos décadas investigadas someramente me han salido todos estos topónimos que hoy en día están desaparecidos, y los que quedarán… Tal vez algún día podamos incluso llegar a ubicarlos en base a las lindes de algunas de las fincas que se describen. Sería una buena manera de conocer mejor nuestro entorno y nuestro pasado a la vez.

Don Crisanto Pasquel, el bidangoztar

El texto que podéis leer a continuación está escrito por Juankar López-Mugartza, profesor de filología vasca en la Universidad Pública de Navarra y cuya tesis doctoral trató sobre la toponimia de los valles de Roncal y Ansó (Erronkari eta Ansoko toponimiaz, Euskaltzaindia, 2008). En la realización de aquella tesis contó en Vidángoz con la ayuda de Crisanto Pasquel, de quien guarda un grato recuerdo. Le solicité unas líneas en su memoria y esto es lo que le dedicó:

Un lunes, 27 de marzo de 1995, llegué a Vidángoz. Acababa de comenzar la primavera, o así decía el calendario, pero aún reinaba el frío del invierno; sin embargo, era un día hermoso, soleado, un día brillante, de esos que son deliciosos para pasear y perderse en las calles. Y así me ocurrió a mí, que me perdí por las calles de Vidángoz sin poder encontrar la puerta de casa Paskel.

Y entonces allí vi al hombre, que estaba en su portal, tardado, esperándome. Le pedí disculpas, había llegado a tiempo al pueblo pero luego estuve dando vueltas durante un tiempo y de ahí el retraso.

Se llamaba Crisanto Pasquel Ornat. Me recibió muy bien en su casa; tomamos una copa de pacharán y empezamos a hablar, y así fue el primero de muchos otros días de investigación. Como él me dijo, había trabajado mucho, almadiero, leñador, catastrista… “He trabajado todo lo que está relacionado con la madera: el hacha, hacer leña en el monte, sacarla de todas las maneras que se empleaban: con mulas, algo con el tractor últimamente, con la motosierra… Conozco hasta el último rincón del Roncal, he estado en Garde 16 años, desde que tenía 12 en Urzainqui hasta la guerra, es decir, hasta que cumplí 18 años…“.

Me dijo que en Vidángoz hasta hace poco se hablaba en euskera, que había conocido a mucha gente que sabían euskera, aunque hoy en día todos se habían ido de este mundo. Pero sí, en la toponimia aún estaba viva la huella del euskera. Y me comentó que en el lugar llamado Astuamendi hubo burros en otro tiempo y que Atablanda no era un lugar blando, no era “blanda”, sino Atabe landa, es decir, “la tierra/el campo debajo de la atea (puerta)”, porque la puerta del pueblo está abajo. Los que sabían euskera sabían bien lo que significaban esos nombres.

Crisanto sabía también mucho de la vida de los almadieros. Aquí se hacían almadías estrechas, porque en el río de Vidángoz no se podían cargar apenas 3,50 o 3,80 metros, es decir, cuando decimos aquí cargar estamos hablando de la anchura de la almadía, no del peso que puede soportar. Luego, en el río grande (el Eska) sí se podían cargar entre 4,20 o 4,50 metros, podía ser demasiado, sí, pero cargar, cargábamos, aunque el nuestro era un río muy estrecho y malo.

Mucha madera se bajaba del monte de Uztárroz, del monte de Esparza, y, fíjese, desde allí la traían a unir en el atadero. A la Foz de Arbaiun le tenían un miedo tremendo, pero nosotros no. Por esa borda que tenemos en Armuskoa bajábamos la madera a enganchar a Igal. La madera se barranqueaba, es decir, tirabas la madera al río (barranco) y barranqueabas bajando hasta Igal y allí mismo, en Igal, la atabas y de allí a Arbaiun. Desde aquí, mi padre, el tío Felipe de Hualderna, el tío Juan de Sacristán, y algunos pocos más serían los bidankoztarras que bajaban de Arbaiun, pues la mayoría de la gente bajaba del otro lado: había un camino que llamaban el Camino de la Cuesta, y se aprovechaba. ¡Mira qué vida… la del “almadeo”…!

Para cuando se traía la madera aquí… si había nieve, se aprovechaba el hielo y la nieve porque la madera resbalaba bien; pero no habiéndola, nos quedábamos en las bordas con las mulas y si salía un día en que podíamos trabajar, entre otras cosas cortando verguizo y haciendo barrenos, juegos, trancas y remos… lo mismo si llovía que si echaba tormenta, o cualquier cosa… ¡no podías estar quieto!

Hombre humilde y sabio era Crisanto. Lleno de fuerza. Aprendí de él la importancia del trabajo bien hecho.

Juankar López-Mugartza

Estudios de toponimia

Portada del cuaderno de Toponimia y Cartografía de Navarra (Gobierno de Navarra, 1993) correspondiente al valle de Roncal

En la última década del siglo XX se realizó un gran trabajo en Navarra por la recopilación, documentación y cartografiado de la toponimia, bajo la dirección de José Mª Jimeno Jurío. Con los materiales resultantes de ese trabajo, el Gobierno de Navarra publicó en 1993 la serie de libros titulados Toponimia y cartografía de Navarra. En el dedicado al valle de Roncal hay una sección dedicada a Vidángoz en la constan como informantes Crisanto, Luci y Tomás, padres e hijo de casa Paskel.

Poco después, en 1995, empezó a recabar datos sobre Vidángoz para su tesis sobre la toponimia roncalesa y ansotana Juankar López-Mugartza, quien encontró en Crisanto un gran colaborador. Un resumen de su tesis fue publicado como libro por Euskaltzaindia en 2008 bajo el título Erronkari eta Ansoko toponimiaz. Este trabajo, además de completar el anterior en algunos sentidos, tiene de interesante que en una de sus secciones recoge los comentarios que sus informantes daban sobre los topónimos  sobre los que trataban: el significado de los nombres, referencias sobre su ubicación, comentarios etnográficos, anécdotas… Un capítulo muy enriquecedor del que la única pena que nos puede quedar es que no haya más testimonios como este del abuelo de Paskel.

La toponimia, pues, otro campo en el que el legado de Crisanto es impagable.

Lapitxorronga

Aspecto de Lapitxorronga el 17/04/1954 (Jesús Elósegui Irazusta, www.guregipuzkoa.eus)

Aunque ya traté este topónimo en la charla ‘Mitos sobre Vidángoz’ en agosto de 2015, todavía no había hecho referencia al mismo en la sección de toponimia de esta publicación, y teniendo en cuenta lo emblemático del término en cuestión, aprovecharé estas líneas para que quede constancia del mismo para la posteridad.
Lapitxorronga, aunque para cualquiera de Vidángoz o de los alrededores cercanos no necesite de presentación, hace referencia a la mole de piedra que vigila la entrada a Vidángoz por el Sur.
Curiosamente, aunque hace referencia a un término  de poca envergadura e integrado prácticamente en el propio pueblo, no suele aparecer en los mapas, aunque sí se menciona en los diversos trabajos sobre toponimia que se han realizado en las últimas décadas.
Físicamente, como se puede observar, hace miles de años el paco de Elizarena, Lapitxorronga e Igariarena formarían una única losa de roca que la erosión producida por las aguas del río Biniés y el barranco de Elizarena por un lado y del barranco de Igariarena por otro, habría ido transformando hasta dar lugar al paisaje que conocemos en la actualidad.
Pasemos ahora a analizar el nombre nuestra atalaya particular. Seguro que si preguntamos a cualquiera cómo se llama la peña de Vidángoz respondería Pitxorronga. Lógico.

En torno a esta cuestión se desarrollaba hace pocos años una conversación en la sobremesa de la comida popular de fiestas de Vidángoz. Por un lado, un gipuzkoano que había visitado Vidángoz con asiduidad, tenía conocimiento del euskera y cierta afición por la toponimia. Por el otro, una legión de bidankoztarras que trataban de contestar a sus dudas.

Vista de Lapitxorronga desde el barrio de Egullorre [Foto: Ángel Mari Pérez Artuch]

El gipuzkoano señalaba que Pitxorronga no presentaba una raíz euskérica, que no había topónimos en otros pueblos que se le parecieran y que, tal vez, la peña debía de tener algún otro nombre anterior.
Los bidankoztarras, como pillados en un renuncio con semejante pregunta, se encogían de hombros para señalar que de toda la vida eso había sido La Pitxorronga, que nadie le conocía otro nombre.
Y hete aquí el quid de la cuestión: la peña se llama Lapitxorronga, todo junto, aunque cuando el castellano remplazó al euskera como lengua habitual, se ve que interpretaron que el la inicial era un artículo determinado femenino.
Entonces, ¿qué significa? Pues aunque el significado no es del todo claro, sí lo es al menos su primera parte, lapitz, que quiere decir ‘roca que se encuentra en la superficie de la tierra’. La segunda parte, orronga, tal vez sea una evolución de erronka, que algunos han traducido como ‘desfiladero‘, con lo que tal vez Lapitxorronga inicialmente no hiciera referencia a la peña en sí sino al paso entre ésta y Elizarena, significando algo así como ‘el desfiladero de roca’.
En adelante ya sabéis, la peña se llama Lapitxorronga, no Pitxorronga.

Powered by WordPress | Buy best wordpress themes and Save. | Thanks to Free WordPress Themes, Top WordPress Themes and Free WordPress Themes